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Comer con los ojos, leer con el estómago, por Sandra Cuéllar

Hoy os comento una pequeña joya, a la vez literaria y gastronómica. Es el libro de Manuel Vicent "Comer y beber a mi manera"(Alfaguara, 2006).

Aprovecho la ocasión para recomendaros cualquier lectura de este autor, y muy especialmente sus columnas periodísticas, que  podéis encontrar los domingos en la última página de El País, y en el recopilatorio "El cuerpo y las olas" (Alfaguara, 2007).

En el volumen que hoy os recomiendo, Vicent hace un recorrido por los sabores que le han acompañado a lo largo de su vida. No se trata de un compendio de recetas, aunque incluye varias, ni de una guía de restaurantes, aunque alguna referencia muy conocida para el público mediterráneo nos encontremos. Si fuera capaz de tener mi biblioteca ordenada por temas, lo pondría entre los libros de viajes: es un viaje a la infancia, a esos sabores que ya siempre nos transportarán a una época determinada, a momentos que quedaron asociados a sabores u olores que salían de una cocina. Si Sabina nos recomienda que "al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver1”, Vicent nos lleva directamente a ese lugar sanos y salvos.

 


  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tema se adapta perfectamente al estilo Vicent; partiendo de un elemento totalmente cotidiano y palpable -en este caso un alimento- en apenas dos o tres renglones, nos lleva a su propio universo surrealista, y lo mejor es que podemos seguirle sin ningún esfuerzo, guiados por el hilo conductor de unas materias primas que nos son perfectamente conocidas: el aceite de oliva, los frutos secos, los tomates en verano, el pan de la merienda cuando volvíamos del colegio, los guisos de cuchara que tal vez detestáramos en la infancia y ahora añoramos...

Independientemente de que el lector comparta el contexto generacional o geográfico, las referencias son perfectamente reconocibles, aunque muchas cosas las hubiéramos olvidado, o sólo conocido por lo que nos han contado. Es un relato que transcurre antes de que la verdura de invernadero y los alimentos procesados nos invadieran, cuando el transcurso del tiempo venía marcado por los productos que la naturaleza nos iba ofreciendo. Ese recorrido de las estaciones a través de las frutas o de los dulces que marcaban las festividades religiosas está lleno de olores, texturas y sensualidad.

 Una última advertencia: leer este libro sin tener a mano buen pan, aceite de oliva y tomates de la huerta es una temeridad...si se dispone cerca de una madre/abuela en disposición de cocinar, el lujo alcanza niveles estratosféricos.  Avisados estáis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Uno de los ejercicios más temerarios que puede realizarse en esta vida consiste en entrar en un restaurante donde no conoces al dueño, ni al cocinero, ni al maître, ni a ningún camarero, un restaurante que tampoco te ha recomendado un amigo de confianza y, sentado a la mesa, pedir cualquier plato y que te lo sirvan cubierto con una salsa y sin encomendarte a Dios ni al diablo, lo hagas pasar por la garganta hasta depositarlo en la intimidad de tí mismo.  De esa clase de veneno estamos hechos.”
Manuel Vicent, Comer y beber a mi manera


Peces de ciudad, en el CD Dímelo en la calle (2002)
  Fotos: Mercado Central de Valencia


…y de postre, un poco de humor gastronómico de la mano de Les Luthiers