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Obituario: Boni, por Miguel Salavert

Bajo la entrada húmeda del viento de Levante con algunas lluvias clandestinas llegadas del oeste, entrelazadas en este tibio calor inusitado y sorprendente de mediados de noviembre, donde han vuelto a florecer algunos frutos inesperados en esta época y en este rincón del Mediterráneo, ha muerto nuestra perra Boni, una cócker inglesa elegante e indolente como pocas majestuosidades quedan en la realeza europea conocida. 

Era mediana, muy negra, azabache profundo, con un mechón blanquecino pegado en la parte baja de su cuello, estigma de algún atributo señalado que nunca conocimos, de hocico alargado y buen olfato, con esos ojos oscuros de carbón lloroso, bien abiertos sobre unos párpados caídos, capaces de recordarte la tristeza que sólo se apaga con una caricia, un beso o una golosina, tal era su bien estudiado lagoftalmos. Un rabo corto pero vivaz y coqueto festejaba siempre la llegada del ama amada o de cualquier familiar y ser querido para ella, que eran muchos, dada su generosidad de corazón, receptivo a cualquier piropo o palabra amable. Sus robustas y fuertes extremidades le permitieron en su juventud realizar pequeñas proezas para ella en su mediana altura y su ajustado peso, como veloces carreras zigzagueantes entre las dunas de la playa arenosa de El Perelló o en los prados verdes excelsos de Los Lagos de Covadonga, además de grandes saltos de obstáculos que le doblaban en su altura, o incluso de zambullirse y nadar en las aguas de nuestro mar buscando la compañía de los peces. Debido a la gran clase y al lucidor estilismo que portaba encima no necesitaba hacer ninguna gracia especial o ademán sobreactuado para sentirse más que una reina.

 

Es lo que sucede con la belleza natural, sea humana o animal. Si se basta a sí misma no hay que añadirle nada esforzado, y en el caso de Boni se notaba que había nacido solo para ser admirada, querida y cuidada, y ella lo sabía. Pero tenía además una cualidad que no he visto que posean muchos otros perros o canes de ninguna raza. Boni sabía y podía seducir.

Su nombre transportaba una lejana referencia a la otra Bonnie Blue, la preciosa hija malograda de Rhett Butler y Scarlett O´Hara en aquel film de toda una época de esplendor y guerras, héroes y esclavos, caballeros y damas, amores y odios, que aún no han conseguido borrar ni ser llevados por el viento. Era el viento fuerte de la Tramuntana el que nos acercaba a sus orígenes catalanes, en el Vallés Occidental, cerca de la villa aristócrata (y algo pija) de Matadepera, lo cual podría explicar cierto carácter independiente y ahorrador, más que vago, de esfuerzos físicos por parte de Boni. 

Podríamos contar nuestra biografía familiar íntima con detalle según el latir de los recuerdos que Boni atesoraba en su memoria básica de imágenes, tactos, sonidos, paladares y olfatos percibidos en estos casi 17 largos años. Ella compartió aquellos viajes de recién casados, ella vio nacer a Andrea y la cuidaba desde su almohada blanda en la que se entronaba, ella vio enfermar a nuestros seres queridos y envejecer a unos más que a otros. Y también ella fue envejeciendo, perdiendo facultades físicas e intelectuales, ya que siempre las exhibió muy sobre la media de lo que se exige en excelencia para un país de humanos desorientado, impersonal y sin identidad reconocible, como la España de los últimos tiempos. Fue desprendiéndose de su frescor y lozanía, de su energía y de ese resorte de respuesta fácil e inmediata, para vivir más en el descanso, en el sueño apacible, en otro mundo insondable desde cuya esencia sólo se despertaba para entregarnos el regalo cotidiano de su presencia y de su particular encanto, ahora plagado de canas blancas plateadas y de un estuario de arrugas añadidas a las que constituyen de nacimiento la característica de su especie. Pero nunca perdió esa mirada majestuosa de las muchachas cuya candidez sólo te produce el irrefrenable deseo de estar a su lado, o de salir a pasear juntos en busca del descanso que sólo el silencio de la hermosa estela plateada de la Luna llena puede reflejarse algunas noches de azul ultramar en esta orilla del Mediterráneo. 

Algunas vivencias irreproducibles y recuerdos fundamentales no pueden ser descritos sin recordar una señal de los tiempos o una muesca en tu alma, pero aquel perro que ha compartido tu existencia puede expresar los estados de ánimo, angustias, sentimientos, pasiones y sueños imposibles del pasado. Aquel perro de la calle abandonado sin nombre que nunca conocí y que murió aplastado por un camión al lado de la acequia de Vera, estará para siempre unido a mis primeras lágrimas de niño. Los latidos del amor puberal cincelados de romanticismo e impregnados de platonismo, y la efervescencia de libertad en plena adolescencia uno las lleva asociadas a Will, aquel Setter irlandés que nadaba conmigo en albercas furtivas entre los naranjos y algarrobos en la Sierra de La Calderona, y perseguía a los gatos en los establos, a los lagartos entre las piedras y a las ranas fuera del agua. La llegada desde el ecuador al final de mi carrera universitaria no podría contarla sin recordar la fortaleza y físico impactante de Bronco, aquel Pastor Alemán tan leal, que parecía un lobo más que Akela, y que pertenecía a una de las estudiantes de Medicina más candorosas y de belleza frágil que podía entonces embelesar o atormentar mi corazón titubeante entre la ciencia y la pasión del deseo. En medio estuvo aquel híbrido de fealdad y simpatía, algo anarquista, que se llamaba Pinky, un chucho enano no emparentado con nada ni nadie que podría haberse escapado de cualquier fábrica de dibujos animados, pero que tanto acompañaba a mis padres, a medida que nosotros íbamos escapándonos de casa por exigencias del guión de la vida. Este parecía ladrar a las esquinas y a las farolas, y lamía los pies o los zapatos de aquellos que en gracia le caían. Antes o después estuvieron también Neleta y Sara, aquellas princesas del pueblo, recogidas en la calle por mis tíos, que nos enseñaron a vivir cada día en el límite del placer y del cariño compartido. Y como no recordar al gran primo Cholo, un gigante bonachón, que compartió con Boni mesa y mantel, cama y habitación, siempre ejerciendo como impulsivo lugarteniente y compañero, colmándola de cuidados y simpatías fuera de todo deseo del instinto animal. Este Cholo tan aristócrata soportaba cualquiera de los caprichos o indiferencias de la negra Boni hasta el momento en que se hartaba de ver que ella carecía de límites para no parar de admirarse a sí misma delante el espejo. Ahora ambos se están reencontrando en su cielo protector. Tuvo otros primos, más lejanos, como Earl y Linda, a los que conoció menos, pero soberbios y simpáticos también, los cuales tuvieron otras suertes, atribulándolos las cuitas de sus dueños o algunas de las enfermedades que con ellos se ensañaron, pero siempre vivieron en hogares espaciosos y confortables, bien alimentados y queridos, con la constante de dar paseos compartidos en los atardeceres anaranjados del Picayo. Por último, fue escasa ya la coexistencia y convivencia de Boni con ese pequeño dandi de Orson, el schnauzer alegre y vivaracho, pletórico en su bigote, inteligente y avispado como pocos, del que ella podía haber sido casi su tía, o su abuela vigilante. 

En mitad del fragor de tantas tensiones políticas en este país helado y fragmentado, y de la tormenta económica por la que está atravesando ahora nuestra nación con el acecho y la especulación de los mercados de deuda, en el mismo día de celebración de unas elecciones apocalípticas, puede que estos pequeños y entrañables recuerdos o este drama privado no interesen a nadie y parezcan ridículos, sino frívolos; pero frente a cualquier problema universal, cada día el corazón da siete extrasístoles por sentimientos que forman el tejido orgánico e inorgánico de nuestra vida. Confieso que he aprendido más de algunos de los perros que han pasado por mi existencia, que de las lecturas de Hesse y de Vargas Llosa, aún en su excelencia. 

Durante estos casi 18 años, la casa no llegó a llenarse nunca de ladridos de Boni, cuyo timbre recordaba el carraspeo sólo permitido a las grandes damas negras del jazz, sólo los necesarios para explicar sus necesidades o apetencias caprichosas como buena glotona en su raza y agradecida gourmet, o para emitir algún sentimiento de aprobación, o para exigir una compañía reconfortante y placentera; a su manera ejerció sus gracias y simpatías, de modo que uno pudo amarla con un amor sin culpa ni sobreactuado. La negra Boni tenía glamour al caminar a cuatro patas, fuego en el rabo y una frente ancha, despejada y prominente, flanqueada por sus largas orejas de rizos de antracita que con algo de enfado y resistencia se dejaban peinar para destrenzar los nudos que almacenaba como fruto al precio de pasear todos los días su belleza ante los admiradores ensimismados del barrio. Pese a su pedigrí y depurada raza, Boni llegó a especializarse en tomar aceleradamente de las manos cualquier alimento o manjar propio de los humanos, tal era su pulcra voracidad y caprichosa hambre de lejano hartazgo. Como a muchas de las de su sexo, mantener la línea y el peso ideal exigió posteriormente ciertos ajustes de la dieta, no sin ciertas quejas y enfados que la llevaban al enfurruñamiento ocasional, manera también de afirmar su personalidad. 

A Boni le bastaba con subirse a un sofá, mirar alrededor a través de sus pobladas cejas de caramelo con los ojos fijos en cualquier presencia dulcificada y reclamar solo un poco de atención y un mucho de admiración. Era educada, no molestaba a nadie, nunca protestaba por nada y si recibía un saludo contagioso o un elogio desmesurado, sonreía a la manera de hacer desaparecer de súbito esa mirada de triste melancolía innata a las de su clase y raza, aderezando su comportamiento con una danza sensual y graciosa donde el movimiento rotatorio y armónico de sus firmes posaderas le permitía recrear los giros casi lascivos tan característicos de las mejores bailarinas negras del Caribe. Cuando descansaba al templado sol de mediodía en la terraza, dormitando sobre el ladrillo de arcilla caliente, en ese holgazanear tan digno con que se obsequiaba sin dudas de que todo le era bien merecido, tu podías llegar a encontrar la relajación más allá del nirvana y la paz interior del karma más completa sólo con contemplarla. En ese momento, desde su sueño complaciente te podías asomar al dolce far niente, saborearlo y desde esta orilla ver la isla de Ítaca, donde te esperaba esa musa amada, necesaria para superar la creación del día a día. Por toda esa inspiración, Boni merece mucho más que nuestro agradecimiento, en la mejor vertiente y descripción del mismo como recientemente ha expresado Leonard Cohen en un discurso vestido de humanidad y elegancia, vibrante y tierno, a la entrega del Premio Príncipe de Asturias: “...nunca lamentarse, ni siquiera casualmente. Expresar la derrota que nos afecta a todos en los confines estrictos de la dignidad y la belleza". 

Ahora mismo en casa suena Vivaldi y ya no se oye entre la melodía de Las Cuatro Estaciones ningún ladrido de perra ni de susurro animal originado en el murmullo del trance de un sueño, pero su silencio y su ausencia tan presenciales aún, serán para siempre una parte de la música de nuestras partituras. Más allá de cualquier tragedia que suceda en el planeta, deberé cumplir un designio: llevar conmigo el rizo y el mechón de nuestra negra Boni, la perra que tenía ojos de Ava Gardner, la que le pedía suavemente con la pata la merienda del colegio a Andrea, la que se aprestaba a la puerta de casa para escaparse de viaje o de aventura y no te olvidarás de ella, para enterrar ambos jirones junto a las cenizas de nuestra existencia y deshilachados cuerpos cuando llegue el momento, bajo una misma palmera cerca del mar. El hecho terrible de “perder a una hija” aún no ha encontrado consuelo ni tampoco definición en nuestro rico vocabulario. No hay nombre para resumir tanto dolor, como sólo pudo expresarlo Miguel Hernández, el poeta de nuestra tierra, tanto “que por doler me duele hasta el aliento” y “siento más su muerte que mi vida”. 

Este otoño de 2011 siempre será aquel en que murió Boni, la morena, la negra, la centenaria, bajo la entrada de la neblina húmeda de las noches de Levante y el rocío fresco escanciado por el amanecer del Mediterráneo. Un rizo del trenzado de sus orejas y un mechón de su cabello liso del lomo perfumado se quedan entre nosotros, en memoria de todo lo que fue y en recuerdo de tanto, de todo lo que nos dio.


Carmen, Andrea y Miguel. 20 de Noviembre de 2011

Las mascotas de quienes componemos Micellium -las que están y las que estuvieron- quieren acompañar a la familia de Boni en estos momentos. Un gran abrazo.